Etiquetas César Carignano

Es más libre el dinero que los futbolistas

16 de abril de 2020


A menudo los colocamos en un lugar de privilegio total. Los igualamos, les quitamos sus apellidos, los colores de sus camisetas, sus rostros y sus realidades. Nos desinteresamos de sus orígenes, de sus hoy, de sus recorridos. Obviamos que sienten, que respiran, que son atormentados por sus temores y que al igual que cualquier ser humano, precisan reflexión, paz y contención.

Los dueños de las verdades, los empoderados por capital propio o por necesidad de quienes fabrican verdades en lugar de opiniones, han elevado a los futbolistas a un altar absurdo y desalmado. Los han subido al deseado púlpito de los que tienen todo resuelto.

Ellos, seres superiores que persiguen el balón, tienen la maravillosa dicha de poder abrazar todo lo que imaginen y sea visible: casas, autos, joyas, vacaciones lujosas.

Ellos, los seres superiores de pantaloncito corto y botines coloridos con economías desbordantes, no son todos. Son, más bien, una pequeñísima porción del todo. Ínfima. Un puñado que por reiteración de imágenes parece multitudinario. Primer error conceptual instalado por otros, que son pocos también, pero que aglutinan y deciden por casi todos.

Sin embargo, partiendo del supuesto que todo lo adquirible monetariamente esté resuelto en la cotidianeidad de ese grupo de dichosos, el dominio de la felicidad es dudoso. Quizá pueda ser una sensación, porque el mundo nos ha y les ha hecho creer que
la plenitud, al igual que la sofisticación material, es palpable. Segundo error conceptual instalado por los mismos pocos que imponen para casi todos.

Esos seres aparentemente superiores, de bolsillos y ambientes colmados de satisfacción visible, tienen la dificultosa tarea que tenemos todos de construir lo invisible: un hogar, un vehículo de vida, un entorno que los abrigue y un lugar afectuoso donde reconectar.

No es sencillo verlo, como tampoco es fácil entender que tras la pelota habrá una vida extensa por vivir con cuatro extremidades y un cerebro como recurso para enfrentarla. No es sencillo porque pocos merodeadores del futbolista profesional tratan de entrenar el último de los recursos citados, el más valioso para evitar el peso del ya no ser y fortalecer la búsqueda del camino esperanzador.

Allí nace la falacia de salvar la vida en términos dinerarios corriendo la redonda. La obligatoriedad, casi, de recaudar cual agencia nacional, todo lo posible para afrontar un joven retiro con metálico suficiente sin importar los destinos a donde deba viajarse para conseguirlo. ¿Suficiente para qué? ¿Para ser feliz? ¿Para no trabajar las cuatro décadas de vida promedio que sobrevienen al fútbol laboral?

Preguntas fuertes para respuestas débiles.

Pocos se preparan y poco prepara el medio para entender que aun con calidad de vida exuberante, sin saber hacia dónde y para qué caminamos, lo primero no resuelve demasiado.

De esas generales no escapa casi nadie en un profesionalismo que atrapa a poquísimos y deja fuera a muchísimos que darían la vida por ser atrapados sin saber que casi todos los atrapados no se escaparán más de ese futbolista profesional y seguirán mendigándole toda la vida un cacho de esa felicidad malentendida de abrazos y alientos de campeón.

Por eso, miles viajan a buscar la salvación a otro lado. Lo de cumplir sueños se entiende, lo de salvarse o hacer la diferencia, no tanto. Porque esa lejanía, generalmente también cultural e idiomática, no llena más que los bolsillos y por un rato. De que existen
sentimientos, ni se entera. Entonces, aparece la soledad. De uno, de una pareja, de una familia o de varias, pero soledad al fin. Entonces, se comprende que el gran esfuerzo del jugador profesional es la distancia.

Soledad para decidir todo lo inmediato, eso que los que observan a miles de kilómetros desde sus necesidades incumplidas y desde sus cálidos hogares, no entienden. Y de pronto, llega un rival invisible, que controla el juego, que no te muestra su estrategia claramente, que te llena de temores y en ese punto, en ese momento que se parece a tantos otros cotidianos e insignificantes, la vida cambia. Y allí nacen otras preguntas: ¿Qué hago acá? ¿Se justifica estar acá? ¿Qué no daría por estar allá

Preguntas fuertes para respuestas débiles.

Seguramente, mucho no cambie este mundo tras esta pandemia. Quizás, sí cambiemos internamente cada uno y ojalá, en ese repensarse, el futbolista se deconstruya para medir necesidades sin dejar de medir felicidades. Y sin hipotecar para tiempos futuros sus libertades.

Porque al final de cuentas, como diría el capitán de mi biblioteca, la voz de muchos, el inconmensurable Eduardo Galeano, vigente como siempre a un lustro de su adiós, “es más libre el dinero que las personas”.