Opinión

Crisis cambiaria, conflicto social y política

Vivimos en los últimos días, otro de los recurrentes episodios que los argentinos conocemos como “crisis cambiaria” y que los taxistas porteños, como pájaros de mal agüero, resumen en la pregunta “¿cuándo revienta todo, maestro?”

Por Santiago y José María Chemes

Los economistas explican esta repetida situación, con más rigurosidad que un taxista pero con el mismo escepticismo, como el resultado de decisiones macroeconómicas inconsistentes.

Tratemos de entender en forma breve y simplificada de que se tratan este tipo de decisiones.

Mantener una macroeconomía ordenada consiste en conseguir una inflación baja, una tasa de interés reducida o parecida a la tasa de interés global y una situación fiscal y externa sostenible en el tiempo, ya sea con superávit ó al menos déficit financiables, tanto en el gasto público como en la balanza de pagos.

Lograr este orden macroeconómico requiere de un tipo de cambio que refleje la productividad de la economía argentina y que por consiguiente permita que los precios de la oferta de bienes y servicios exportables de la Argentina sean competitivos en el exterior y aseguren así los recursos necesarios para sostener la inversión y el crecimiento

Ahora bien, el nivel del tipo de cambio para lograr la virtuosa situación descripta tiene también efectos en otros sectores de la economía.

Fundamentalmente, el tipo de cambio necesario para el equilibrio macroeconómico provoca, en el corto plazo, una caída del poder adquisitivo del salario y otras remuneraciones. Entre otras cosas por el aumento de precios de los alimentos, principal componente de la oferta exportable del país.

Esta situación genera una serie de tensiones y conflictos entre la decisión de perseguir el orden macroeconómico y la necesidad de preservar la armonía social.

Resumiendo, el ciclo puede describirse: los gobiernos enfrentan una fuerte presión para satisfacer la demandas populares y por lo tanto mantienen un tipo de cambio lo suficientemente bajo como para que los precios no suban demasiado y, como consecuencia, no se deteriore el poder adquisitivo de los salarios.

Esta situación genera un progresivo crecimiento del déficit fiscal y externo ya que, al mantener un tipo de cambio bajo, Argentina se vuelve “cara para el mundo” lo cual hace que caigan las exportaciones (principal fuente de divisas de la economía).

Esto no puede sostenerse en el tiempo ya que, una vez agotadas las posibilidades de financiamiento, desemboca indefectiblemente, en bruscas devaluaciones y caídas de la actividad y el empleo.

La conclusión es que estas “crisis cambiarias” son la manifestación de la no resolución del conflicto estructural entre las demandas sociales y la capacidad productiva de la economía. O dicho de otra manera, entre nuestros deseos de consumo –cada vez mayores- y nuestra capacidad de producción y exportación.

En términos coloquiales, y tal vez algo duros, las expectativas de gasto de los argentinos hace tiempo que están por encima de la capacidad productiva de nuestra economía.

Durante, al menos, los últimos setenta años se ensayaron distintas soluciones técnicas para enfrentar este desequilibrio: sistemas de cambio múltiple, tablita cambiaria, desafío, convertibilidad, cepo, cambio flotante, desdoblamiento cambiario.

Ninguna de estas recetas, fuertemente sustentadas desde lo teórico, pudieron terminar con los ciclos de crecimiento y crisis, recuperación y recesión, stop and go, ilusión y desencanto.

La persistencia de esta situación demuestra que la reconciliación de las aspiraciones sociales con las posibilidades de la economía, no es sólo una tarea para economistas u otros profesionales afines.

En el marco de las democracias representativas, como la que impone nuestra Constitución, resolver los conflictos sociales es una responsabilidad de quienes gestionan el Estado ó sea de los políticos que gobiernan sus diferentes instituciones.

Al conflicto distributivo no se lo supera con una fórmula técnica sino con una fórmula política.

No esperemos medidas milagrosas ni planes económicos salvadores ni economistas estrellas, exijamos a los dirigentes de los distintos sectores que imaginen y compartan una fórmula de entendimiento para transitar el sendero hacia el ordenamiento económico manteniendo la armonía social, distribuyendo equitativamente las cargas.

Teorías y diagnósticos sobran, hacen falta grupos políticos con liderazgos creíbles y capacidad suficiente para encarnar las soluciones y ponerlas en marcha.

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